Una celebración para el olvido

Es viernes y el reloj del parque San José tañe 11 campanadas. Después de treinta y cinco desparramada2minutos alistándose, al fin Dania se encuentra lista. No hacía ni 12 horas que le habían dado la noticia de que le había llegado Lengua Francesa. Y claro, tantos meses de esfuerzo y estudio merecían una celebración con los amigos.

La madre, después de repetirle varias veces que tuviera cuidado por la calle, le deslizó en el jean 20 CUC y la despidió con un beso.

Hacía 15 minutos que la estaban esperando, pero para no perder la costumbre Dania llegó tarde, aunque lo suficientemente temprano para entrar al Siboney cuando mejor se ponía el ambiente.

En una esquina bailaban Andrea, Jésica y Mandy, junto a Yasmani, el chico por el cual sentía un cosquilleo en el estómago. En el suelo, en medio de ellos, la esperaba radiante una Bariay.

Ella no era chica de tomar ron, pero la ocasión lo ameritaba. Aquella botella no duró ni media hora y para cuando el reloj marcó la una ya se habían tomado cuatro.

Dania despertó al otro día y quiso morirse de la vergüenza. Estaba desnuda al lado de alguien que no conocía. Su ropa era un desastre, la cabeza le quería estallar y un asco continuo la obligaba a arquearse. Eso sin contar el insoportable aliento etílico que desprendía cada vez que abría su boca.

Buscó en el celular y en él destellaban las 5 llamadas perdidas de su madre, que si no sufrió un infarto fue porque la creía en casa de Jésica o Andrea.

El chico le contó que tuvo que meterla bajo la ducha para que volviera en sí y luego, cambiar las sábanas que había vomitado. Además, le confesó que habían tenido sexo sin protección.

Pero esto no era todo, cuando conversó con Andrea y vio las instantáneas de su episodio etílico, se enteró de que se había quitado la blusa mientras bailaba sobre la mesa y había roto dos vasos que pagaron sus amigos, los mismos a los que llamó engreídos y patéticos. Y se había ido en una moto con un muchacho que ni conocía, no sin antes espetarle a Yasmany, el chico de sus sueños, que era un pasma ‘o.

Tras varios jugos de frutas, una buena sopa caliente, mucha agua y un ibuprofeno que le dio su madre después de recitarle antes un merecido sermón, se le quitaron a los tres días la cefalea, el mareo, la sed incesante y el asco, pero el cargo de conciencia y el reproche para consigo misma le duró mucho más, aunque tuvo suerte de no salir embarazada ni contraer una infección sexual.

Desde esa ocasión comprendió que las celebraciones y la diversión no están en correspondencia con quién tome más o con quién se deje llevar por el momento, sino por quien sepa establecer sus límites para no tener que vivir luego una desagradable experiencia.

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