Crónica desde las alturas

101_2349Recuerdo que era jueves y no tenía la menor idea del desafío al que me enfrentaba. Una amiga me convidó y aventurero al fin me dejé arrastrar por ella.

Llegamos de tarde al campismo, con una alegría desbordante y grandes ganas de escalar. El de pie fue bien temprano, a las tres de la mañana creo.

Un Kamaz nos llevó hasta las puertas que marcaban la entrada. Allí esperamos durante dos horas a que llegara el guía y creo que de tanto frío me sentí un pingüino. Créanme, no exagero.

Sin que aún se disipara la neblina partimos hacia el punto 20140209_093749más alto de nuestra geografía. Pensé esto es cuestión de cinco o seis horas, pero una vez transcurridas me percaté de cuan iluso estaba siendo.

Cada descanso fue agradecido por mis piernas. Las sonrisas y burlas se fueron disipando. Las fotografías y la señal de los móviles también.

Nadie quería preguntar cuánto faltaba para no denotar el cansancio, pero no hacía falta, nuestras caras eran un poema.

20140209_110436Una merienda ligera y de nuevo a subir. Intenté bromear con que en cualquier momento llegaríamos al Olimpo, pero les aseguro que hasta para los dioses la escalada resultaría titánica.

Al fin percibí una casa y creí que había llegado, pero no. Era la Aguada del Joaquín, un pequeño campamento a 1364 metros sobre el nivel del mar, donde comeríamos y pasaríamos la noche para al otro día seguir subiendo.

Esta vez fue a las dos el de pie y no nos 100_9361veíamos ni la nariz. Algunos precavidos abrieron camino con sus linternas, pero el fango hizo de las suyas y unos cuantos probaron la complexión del suelo.

Subimos, bajamos, volvimos a subir, tomamos abruptos parajes, senderos, enfrentamos piedras resbaladizas y, de vez en vez, disfrutamos del paisaje y de los tocororos y cotorras que nos miraban incrédulos.

Después de tres horas un cartel casi nos saca las lágrimas:20140209_071404DSC06362A algunos los abandonaron los zapatos, a otros las fuerzas, a mí se me rompió el pantalón.

Les confieso que estuve a punto de renunciar. Casi sin aire entré al trillo que me separaba del busto de Martí y por un momento se me olvidó el cansancio.

Experimenté el placer de quien cumple un 100_4544anhelo y se siente realizado, de quien ha visto el amanecer desde las montañas, de quien se siente en ese momento más alto que los demás. Y lo estaba, a 1974 metros sobre el nivel del mar.

Duró poco la sensación porque nos esperaba la bajada, las contracciones, empaparnos con la lluvia, perdernos por caminos erróneos, caernos una y otra vez, esperar a los rezagados y transportarnos en un camión por carreteras empinadas.

Pero entonces comprendí que para subir 100_9385el Pico Turquino no solo se necesita entusiasmo y juventud, es preciso aunar voluntad, sacrificio y compañerismo. Precisamente las enseñanzas que nos inculcó ese héroe que espera desafiante nuestra llegada a la cima.

Y aunque creo que es una experiencia para vivirla una sola vez, quizás el próximo año me embulle y vaya tras esa adrenalina que solo se siente desde las alturas.

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